martes, 28 de agosto de 2012

El demonio a veces está en casa

Publicado en El Espectador, Agosto 30 de 2012


Fuera de la recurrente explicación económica para el reclutamiento de menores por grupos armados ilegales se ha consolidado, para las mujeres, la de la violencia sexual. Se habla de cientos, miles, de niñas “violadas, abusadas y maltratadas física y sicológicamente por los hombres armados”. “La violencia de género y la violencia sexual en conflictos armados son perpetradas como actos de venganza, como aliciente para la moral de los soldados, como un método de infligir terror y humillación en la población”. Pero el problema tiene aristas más sombrías, y puede tener origen doméstico.

Eloísa *, una ex guerrillera, decidió que su padrastro sería su papá pues su padre biológico, a quien llama El Demonio, abusó de ella desde los ocho años. “Nunca le he contado esto a nadie, ni a mi mamá, porque él se enfurecía y decía que si hablaba me cosía los labios. Y también me callaba por miedo a las lenguas del pueblo, que son largas … Llegaba con una botella de cerveza en la mano y yo volvía a decir `estoy despierta, esto no es un sueño, es la realidad´… Él roncaba un tanto y cuando dejaba de roncar, me decía: `Usted no es mi hija. Usted es mi mujer´”.

Con tales fechorías en casa el reclutamiento estuvo servido en bandeja. Cuando, a los nueve años, Eloísa trató de evadirse con cien tabletas de Novalgina, quienes la encontraron desfallecida en la calle fueron los de la ronda nocturna de la guerrilla. A los trece le mandó un mensaje al duro de turno. “Díganle que quiero ingresar. Yo también soy capaz de disparar un fusil”.

No son pocas las jóvenes campesinas que han buscado refugio a la violencia de su entorno inmediato en los grupos armados. Entre las que respondieron la encuesta a desmovilizados de la Fundación Ideas para la Paz (FIP), una de cada cinco señala haber sufrido abuso sexual antes de la vinculación. Para las citadinas la cifra es menor pero sigue siendo alta, 13%. Los principales responsables de los atropellos no son los guerreros sino quienes viven con ellas en la casa, o por ahí cerca. El 65% de las campesinas sexualmente abusadas antes de entrar al conflicto señalan a un familiar como responsable. Tan sólo un 5% reporta haber sido agredida por alguien del grupo armado. Para las mujeres de origen urbano la participación de los guerreros es mayor pero siempre inferior a la de los familiares.

El impacto del abuso sexual es duradero. En los momentos de locura con algún guerrillero, a Eloísa se le “encaramaba la rabia a la cabeza” porque le parecía que estaba con El Demonio y sentía unas ganas tremendas de atacarlo. Cuando en su frente le dieron a las mujeres la orden de ajusticiar un infiltrado a cuchilladas, ella sólo tuvo que pensar que era El Demonio y “por fin le había llegado su momento. Ahí me calenté … le dí dos veces. Con fuerza. Con todo lo que me daba el brazo”. Algo sorprendido, el comandante preguntó de dónde había salido semejante guerrera. “¿Guerrera? yo no era más que una hija ofendida”. 

Se puede pensar que para prevenir el abuso sexual en la casa se debe reforzar la vigilancia a través de la escuela: cuando los incidentes llegan al sistema de salud ya es demasiado tarde. Pero esa vía no es infalible. Una vez que Eloísa se quedó en el salón pensando en la lección de escritura recibió un puño en el oído derecho. Era Don Agustín muy molesto porque le había desobedecido la prohibición de no salir a recreo. “Se me fue el mundo … duré más de dos meses con un zumbido en el oído y un mareo que me tumbaba”. Fue a quejarse al comandante.

En la guerrilla las cosas no funcionaron mucho mejor. “Lo que encontré allí fue más agobio”. Eso sí, aprendió a defenderse. No sólo mató a los que quisieron abusar de ella sino que cuando El Demonio volvió a empujarla contra el colchón sacó la treinta y ocho y disparó al suelo. Lo dejó como un pobre diablo.

La vinculación de menores al conflicto colombiano es un enredo monumental. No siempre se trata de una familia que entrega a sus hijas para que no se mueran de hambre, o de unos guerreros que las violan y convierten en esclavas sexuales. A pesar de los excesos de maestros como Don Agustín hay que insistir en la calidad del sistema educativo. No abundan alternativas para detectar a los tipos endemoniados con sus hijas o familiares.  

* Historia tomada de Más allá de la noche de Germán Castro Caycedo

Referencias


domingo, 19 de agosto de 2012

Wendy, Valérie y todas las demás

Publicado en El Malpensante, Nº 131, Junio de 2012


A finales de 2000, Wendy, una adolescente hondureña, fue violada en grupo por pandilleros de la Mara Salvatrucha. Tras el ritual conocido como “el trencito”, los mareros decidieron hacer negocio y corrieron la voz de que cobraban cincuenta lempiras a quien quisiera tener relaciones con la muchacha.
El pasado diciembre la policía detuvo en Málaga a una rumana que había firmado un contrato para vender sus dos hijas a unos proxenetas. Por 5.000 euros aceptó que fueran llevadas a España a prostituirse.

La Veterana se graduó en un colegio de monjas. Joven y virgen, se casó con un señor bastante mayor que resultó bígamo, le dejó un hijo y, ya separados, la seguía golpeando. Cansada de tanto maltrato, decidió dejar Cali por el pueblo donde su hermana trabajaba con el cura. Al llegar a Medellín, una puta bonita y curtida se le sentó al lado. Tras veintitantas horas de charla, la Veterana tomó una decisión. “El primer día fue lo duro. Después no”. Al pasarse por la raya del calzón al alcalde, al juez, a dos médicos, a un comerciante y a unos cultivadores, supo que estaría en esas por el resto de su vida.

Universitaria bogotana, Luisa empezó en un videochat. Le pagaban por desnudarse ante la cámara. De allí pasó a concertar citas vía celular y ya con clientes se enroló en un lujoso burdel. “Si estoy con un man que me gusta porque sí, ¿por qué no voy a estar con otro por plata?”.

Paula trabajó un tiempo como mula. Novia de un traqueto, le perdió el susto a todo, se metió en “la cultura de ganarse la plata fácil” y comenzó a “tomarle gusto a los juegos de sexo”. Una compañera le presentó unos tipos chéveres, de esos manes acostumbrados a repartir billete entre las amigas. Para uno de ellos, congresista, trabajó como asistente. “Me come, pero porque yo quiero que me coma. Porque no me choca. Porque es inteligente y tiene poder, y porque es mi amigo. Pero no es que hagamos el amor e inmediatamente me pague”.

A los travestis de élite los llaman “las europeas”. Viajan por el mundo y cada cierto tiempo regresan a Medellín a darles vuelta a sus familias y “a amarse con sus maridos”. La Cris, aunque ya no hace parte de las profesionales ni va a Europa, no deja de tener relaciones furtivas con hombres que le gustan y pagan bien, pese a que se siente a gusto con su esposo. “Es que el amor va por un lado y el dinero por otro”. La Valeska sí vive en función de la plata. Ejerce la prostitución desde los 17 años, cuando aburrido del maltrato de su padre dejó la comodidad del barrio Laureles para ofrecerse en Bogotá.

Decepcionada “por la falta de recursos y cariño” en gente como el papá de su hija, María debutó en el Copacabana. Una mujer muy hermosa se le acercó en un parque: “¿Quiere trabajar en un casino?”. Al llegar, se dio cuenta de que era un club nocturno. Pero “me senté en la barra a pensar, a mirar a todas las niñas… No era tan depravado como lo vi en el primer momento. No me pareció cosa del otro mundo”.

Michelle, una rent girl de Boston, sufría abusos del padrastro. Se fue a vivir con su novia Steph, a quien había conocido en una contraprotesta ante una clínica de abortos. La cautivó la manera como insultaba a los católicos. “No pasó mucho tiempo desde que Steph me contara que era prostituta y yo la siguiera. Quería probar cosas, especialmente cosas ilegales con un tinte de glamour”. Pudo dejar sus dos trabajos. “Tenía tanto dinero y odiaba tanto a los hombres... Solo podía ser de esa manera; tenerles compasión me hubiera matado”.

En su Diario de una ninfómana, la ejecutiva francesa Valérie Tasso cuenta que luego de perder la virginidad a los quince años empezó a experimentar con toda clase de hombres, “no porque tuviera muchos deseos prematuros” sino por pura curiosidad y porque necesitaba mitigar su culpa. Al final de la universidad, sabía que tenía algo especial con el sexo masculino. “Yo era una hechicera y me puse a buscar Merlines encantadores en todos los rincones de la ciudad”. Entró a un burdel a los treinta años, a raíz de una ruptura con su pareja. No le perdonaba haberla dejado llena de deudas y “con una tripita que nunca llegó a crecer”. Quiso descubrir ese mundo que había imaginado tantas veces. “Todavía no sé muy bien si he venido por venganza, por asco hacia los hombres o más bien por falta de cariño y autoestima y mis problemones económicos. Es una mezcla de todas esas razones”.

Poca gente pasa el umbral, pero son varias las vías para llegar al sexo pago. A pesar de esta verdad de a puño, muchos se resisten a la evidencia disponible y enfatizan una doctrina cada vez más terca e improcedente para la prevención: la prostitución siempre es forzada. Sin embargo, ¿cuántas personas venden su cuerpo empujadas por la miseria, cuántas obligadas por proxenetas, cuántas seducidas y abandonadas, cuántas huyendo del abuso, cuántas por morbo o curiosidad, cuántas por arribistas, cuántas por la adrenalina, cuántas por hipersexuales? ¿Cuántas Wendys por cada Valeska o cada Valérie? Nadie sabe, las respuestas no son obvias e incluso la disponibilidad de testimonios puede estar sesgada. Además de los antecedentes familiares o las experiencias individuales, el entorno y la época influyen. No es lo mismo la frontera de colonización o la cercanía a una base militar que una región azotada por el conflicto o un centro fabril al que solo migran mujeres.

En Colombia, aunque tenemos indicios de que el negocio de las prepagos está en franca expansión, no conocemos el tamaño de la actividad ni su composición. Nadie comprende bien por qué se inician, por qué se mantienen o por qué dejan la actividad, y cada vez es mayor la influencia de quienes no están interesados en que se sepa. La industria del rescate es ya una poderosa alianza multinacional de burócratas, periodistas y oenegés que logró simplificar hasta el absurdo el diagnóstico, demostrando de paso que no solo tiene más prejuicios que la Iglesia, los viejos criminólogos o los médicos higienistas sino que carece de cualquier vocación para entender lo que ocurre, lo que piensan o lo que quieren las víctimas. Esa alianza pretende intervenir un mercado sobre el que se sabe no solo poco, sino cada vez menos.

La prostitución masculina, por contraste, no dispara las alarmas de auxilio. Hay quienes defienden el derecho de un travesti a ejercer libremente su sexualidad, incluso cobrando, y declaran imposible que una mujer haga lo mismo sin atentar contra su dignidad y la de sus congéneres. Como si fueran patriarcas victorianos, consideran que las prostitutas necesitan a alguien –chulo perverso o redentor ilustrado– que piense y decida por ellas; que les indique cómo es que deben abordar esa delicada y trascendental cuestión de con quién, con qué frecuencia y bajo qué condiciones pueden tener relaciones sexuales.

“No me arrepiento absolutamente de nada”, dice Valérie Tasso. Los momentos en el burdel “fueron unos de los mejores de mi vida, por el simple hecho de haber conocido a Giovanni y haber encontrado esa mujer nueva que soy ahora… Utilizar el sexo como medio para encontrar lo que todo el mundo busca: reconocimiento, placer, autoestima y, en definitiva, amor y cariño... ¿Qué hay de patológico en eso?”.

Wendy –¿quién podría dudarlo?– no ha tenido ni el ánimo ni la disposición retórica para escribir sus memorias sexuales.
 

miércoles, 1 de agosto de 2012

Pobreza, celulares y conflicto


Publicado en El Espectador, Agosto 2 de 2012

"La pobreza fue el factor que impulsó a la mayoría de estos jóvenes a formar parte de la guerra" sentencia sin titubeos una persona experta en el conflicto. En el mismo artículo, sin embargo, ofrece el testimonio de José que no concuerda con tal afirmación.

Según la encuesta a desmovilizados de la Fundación Ideas para la Paz la principal razón aducida para haber ingresado a un grupo armado es, en efecto, económica. Sin embargo, la hipótesis materialista no ayuda a explicar las diferencias por género, por lugar de origen y por tipo de organización entre los jóvenes vinculados al conflicto. Mientras la mitad de los hombres provenientes de zonas urbanas anotan que lo hicieron por razones económicas, tan sólo una de cada cinco de las mujeres campesinas –el grupo más vulnerable- menciona esa motivación. Además, los grupos que acogen jóvenes buscando mejorar sus ingresos son básicamente los paramilitares (56%), no la guerrilla (16%). También son paras los que pagan un estipendio por combatir, algo poco común en lo grupos subversivos.

Un indicador de la riqueza familiar basado en las características de la vivienda reportadas en la misma encuesta no muestra, para las mujeres ex combatientes, ninguna relación entre la pobreza y la militancia. Las del nivel alto mencionan razones económicas tanto como las más pobres. En los hombres si se da una relación, pero contraria a la esperada: al disminuir la riqueza se hace menos frecuente la alusión a las motivaciones materiales.

Para el primer contacto con el grupo armado no se observan diferencias apreciables por género pero sí entre guerrilla y paramilitares. Más del 40% de los desmovilizados de la insurgencia señalan que el acercamiento inicial provino del grupo. Entre los ex combatientes de las AUC la proporción se reduce al 20% y ganan importancia tanto los familiares o amigos ya en armas como la iniciativa de la persona desmovilizada.

Cuando el acercamiento provino de los combatientes sí se observa una incidencia de la pobreza. Las organizaciones ilegales son las que siguen el guión de las causas objetivas del conflicto: a mayor precariedad es más probable que el reclutamiento se haya dado por iniciativa del grupo.

Por el contrario, si la vinculación fue buscada por la persona desmovilizada o por su entorno -familia o amigos- el mayor nivel económico incrementa los chances de unirse al conflicto. Así ocurre con la guerrilla o los paramilitares y el efecto es más nítido en las mujeres. Mientras el 37% de las más pobres dicen haber tenido la iniciativa para la guerra, entre las del quintil más alto el porcentaje sube al 63%.

Hay una alta proporción de jóvenes previamente entrenados en el manejo de armas. A veces, el asunto se inicia como diversión. “A los 12 años me gustaba llegar de la jornada de trabajo y ser parte de alguna de las bandas que teníamos con mis amigos: hacíamos pistolas con palos y caucheras, nos vengábamos de los que considerábamos nuestros enemigos y, a veces, dejábamos amarrado en un árbol a algún niño que nos cayera mal. Era un juego. Eso pensábamos, hasta que los paras nos vieron e intentaron reclutarnos”.
En los varones se percibe una asociación negativa entre la pobreza y la experiencia con armas previa a la vinculación. Para las desmovilizadas manejar armas antes de entrar al conflicto no depende de la riqueza salvo en el estrato más favorecido, donde la proporción es sustancialmente mayor. Más de la mitad de las mujeres, y dos de cada tres de los hombres provenientes del quintil más alejado de la pobreza manejaban armas antes de ser reclutados.

El gancho monetario que usan los paras al enrolar adolescentes dista bastante de la situación dramática de alivio de la pobreza. El director de un proyecto educativo en varios municipios de los Llanos Orientales y del Magdalena Medio, en estrecho contacto con profesores, me cuenta el procedimiento de captura de niñas por los paracos. “Un bacán las contacta y les dice que el patrón les manda saludos; con los saludos o un poco después les llega un celular de regalo; después las llevan a comprar ropa y a comer un helado … a veces llega una lavadora o una nevera nuevas para la mamá”.

Para algunos el conflicto es como un ascenso a las grandes ligas. Un joven reclutado por el ex novio de la hermana cuenta cómo se volvió el sapo que transmitía recados del comandante a la gente del pueblo. “Un celular era nuestro medio de comunicación; él me daba una orden y yo nunca decía que no. Por dar una razón me ganaba entre 200.000 y 300.000 pesos. ¡Cómo me gustaba esa vida! Tenía plata rápida y contacto con las armas que antes eran hechas de palo”