jueves, 23 de junio de 2011

La Bella Otero: el misterioso poder de la seducción

El ejemplo más paradigmático que tengo del ilimitado alcance de la seducción es arbitrario, extremo, único y tal vez irrepetible. Pero no deja de ser ilustrativo. El personaje, símbolo de la Belle Époque se llamó Agustina, luego Carolina pero, sin ser particularmente hermosa en foto, se inmortalizó como la Bella Otero. Su insólita carrera la resume bien una escena ocurrida el 4 de Noviembre de 1898. Se realizó ese día, en el lujoso Hotel Casino Paris en Montecarlo, una reunión con varios miembros de la realeza europea. Asistieron a la cita el zar Nicolás II de Rusia, Leopoldo II de Bélgica, Eduardo de Gales -heredero de la reina Victoria- Alberto I de Mónaco y Nicolás de Montenegro. El propósito de tan exclusiva cumbre: celebrarle los 30 años a la Bella Otero, amante de todos ellos.



Hija de una madre soltera con siete hijos de distinto padre, Agustina Otero fue violada a los once años por el zapatero de Valga, un pequeño pueblo de Galicia. Sin haber pasado un solo día por la escuela se fue a los 14 años con Paco Colli, un vividor catalán que fue su amante, su maestro de danza y su proxeneta. En algún momento, Paco cometió el error de enamorarse, proponerle matrimonio y, según ella, estropearlo todo. De todas maneras siguió actuando en cabarets de segunda y atendiendo los clientes que él le conseguía. Paco tuvo el acierto de buscarlos cada vez más pudientes. A los pocos años, cuando las cosas parecían marchar, insistió en proponerle que se saliera del oficio, que él ya podría mantenerla, pero ella se negó de nuevo. En Montpellier ya había recibido una buena oferta de matrimonio de un industrial de Lyon que había rechazado. Fue en esas andanzas que, en Marsella, conoció a quien crearía una leyenda a su alrededor.

Ernest Jurgens, un nativo de Chicago y empresario del espectáculo en Nueva York tenía 36 años, estaba casado y con tres hijos cuando quedó cautivado por Carolina. En la Petite Poupée, salió al escenario la mujer más deseable que había visto, y que cambiaría su vida. Esa misma noche, previa identificación, ya estaba en su cama. Aunque la Otero diría después que fue gracias a sus dotes para el baile que conquistó a Jurgens, lo que realmente impresionó al empresario, con olfato y experiencia, fue la manera como, a pesar de su desempeño mediocre en el escenario, lograba tal impacto en los hombres que la observaban. Desde que la vió cayó locamente enamorado. Carolina tenía, en dosis descomunales, verdadero sex appeal.

La Otero, desprendida desde niña, no tuvo reato para cambiar a Paco por Jurgens, quien se la llevó para París. Allí la presentó al Maestro Bellini, uno de los más afamados directores de music-hall de Europa. Le pidió que preparara en un par de meses a su amada para lanzarla en Nueva York. Sincero, Bellini le dijo que no se podría. Ni en un año ni tal vez nunca. "No sabe bailar, no sabe cantar y no tiene estilo”. Eso no desanimó a Jurgens. Contrató al maestro, no con fondos de la compañía, que tenía más socios, sino con sus propios recursos. Gracias a Jurgens y Bellini, se empezaron a crear mitos alrededor de Carolina, esa misteriosa belleza española. Se dijo que era una condesa andaluza, la hija secreta de Eugenia la emperatriz de Portugal, que se había escapado de un harem turco. Bellini armó un grupo de catorce personas para apoyar a Carolina. Todos cantaban y bailaban mejor que ella. Un famoso escenarista que la entrevistó diría: “todo lo que hay que hacer es raspar la superficie con una navaja para quedar al frente de una descontrolada y lujuriosa pantera en celo”.

Al llegar a Nueva York, los mitos alrededor de la diva se consolidaron. Jurgens había invertido toda su riqueza personal e hipotecado su casa para financiar la formación de Carolina y montar el primer espectáculo. El debut fue un éxito impresionante. En contra de los temores de Bellini y como lo intuyó Jurgens, todos quedaron cautivados. “Dueña de la ciudad… baila con vigor y abandono … todos sus músculos, de la punta de los pies a la cabeza, se coordinan y sus contorsiones son maravillosas”. Tan sólo algunos conocedores –tal vez gays- no cayeron a sus pies, y señalaron sus debilidades. Uno de los principales críticos anotó someramente: “Anoche vimos cantar, y oimos bailar a la señorita Otero”.

A las tres semanas, el multimillonario William Vanderbilt le envió una tarjeta preguntándole si podrían cenar. A la primera cita le llevó un brazalete de diamantes en forma de serpiente. La relación duraría unos siete años. Él se fue con otras cocottes a París y ella dio el paso a la realeza europea. El primer noble en caer a sus pies, tal vez por aliviarle su impotencia, fue Alberto de Mónaco, quien le montó apartamento en París. Lo reemplazó Nicolás de Montenegro. No logró exclusividad, pues llegó en paralelo Leopoldo II. Después vino el Sha de Persia, y luego el zar Nicolás II. Cuando cumplió los 40 retornó a su patria para desflorar a Alfonso XIII, de 19 años. Él no la olvidó y años después la hizo su amante oficial. Guillermo II de Prusia, el Kaiser alemán, fue duro con ella al principio pero aprendió a ser generoso. Ya con más de cincuenta años la Bella calmaba los bríos de Aristide Briand, político francés precursor de la unidad europea y tan aficionado al placer como ella.

Se cree que fue amante de Gaudí y de Gustave Eiffel. En Cuba se dice que inspiró un poema de José Martí. Arruinado y desconsolado, Jurgens terminó suicidándose. Se sabe de unos ocho hombres más que acabaron su vida por ella. Un biógrafo español cuenta que en una ocasión la Otero coincidió en un tren con un prelado y hablaron en gallego. Ella se emocionó tanto que al despedirse besó su mano. Él recordaría luego ese gesto como el más ardiente de su vida sacerdotal.

El dominio de esta misteriosa seductora sobre los hombres fue considerable. Fuera de lograr que le mantuvieran sus lujosos caprichos, en una opulencia babilónica, en términos financieros les extrajo lo que, textualmente, le dio la real gana. Más que cualquier oficina de impuestos. Se calcula que amasó una fortuna cercana a los 25 millones de dólares de la época, o sea, con un deflactor financiero, unos 4.000 millones de hoy. Un príncipe ruso le envió en una ocasión un millón de rublos con una nota. “Arruíname, pero no me dejes”. Esa era su doble especialidad. A los cincuenta años, le seguía llegando mensualmente dinero de un benefactor anónimo.


Su poder no era sólo extractivo. Los mantenía a todos a raya. En una ocasión se salió del teatro porque su acompañante miró a otra mujer. “Cuando se tiene el honor de estar con la Bella Otero -le explicó- nadie más existe”. La escena de su cumpleaños número 30 muestra que logró controlar en sus amantes uno de los instintos masculinos más tenaces, el de los celos. Volvió añicos esa manía tan masculina de la posesión exclusiva de la mujer amada. Ahí estuvieron los rivales reunidos, mansitos, casi como hermanos, cantándole en coro el happy birthday. No se trataba de inexpertos adolescentes. El poder, la fiereza y arbitrariedad de algunos de ellos no eran poca cosa. A Leopoldo II de Bélgica, por ejemplo, se le considera responsable de la muerte de varios millones de congoleños. Si en esa mujer no hubo acumulación, no sólo de riqueza sino de poder real, difícil entender qué es o donde se puede conseguir de eso. “No nací para ser domesticada”, repetía. En alguna ocasión le dijo a su amiga Colette que un hombre se posee no en el momento en el que se le abren las piernas sino cuando se le tuerce la muñeca.






¿Cuál era su secreto? Se sabe que los que la vieron, aún de lejos, la recordaron toda la vida. Para los periodistas que la entrevistaron, o los artistas que hicieron su retrato, o los magnates que dilapidaron fortunas por estar con ella en la cama, la respuesta es simple, pero sigue siendo misteriosa: sexo. Maurice Chevalier habría dicho “escriba SEXO con mayúsculas cuando hable de la Otero. Eso emanaba de ella. Me gustaría haberla conocido mejor. Fue la mujer más peligrosa de su tiempo”.


Con sus congéneres fue solidaria. Patrocinó a varias mujeres, incluyendo a Colette, y a una colega que entrenó y casó con un lord. Percibía que sus habilidades eran positivas para el empoderamiento de las mujeres. Al final, a la Bella le faltó habilidad financiera y la arruinó su debilidad por los casinos. Su deficiente educación le pasó factura. Una simple amistad con una mujer preparada le hubiera permitido a Agustina evitar la quiebra y, tal vez, emprender programas a favor de las mujeres, como han hecho en la historia varias cortesanas. Alguna vez dijo que si ganaba el jackpot en Montecarlo financiaría una universidad de prostitutas. “Habría una gran variedad de cursos, las posibilidades son infinitas”. De todas maneras, aún arruinada, visitó mucho tiempo el Casino de Monte Carlo. Cuando le exigían pagar la cuenta acumulada, lograba que algún levante pasajero la saldara.

De haber nacido un siglo más tarde, tal vez Agustina no hubiese podido llegar muy lejos de algún refugio gallego o catalán para redimir mujeres víctimas de la explotación sexual. O sea, de la que terminó siendo su verdadera y fructífera vocación, tan magistralmente ejercida por ella.




Referencias
Otras seductoras con poder

miércoles, 8 de junio de 2011

Quienes son los anti aborto

Fuera de inflar las cifras de los clandestinos, y de dramatizar sus circunstancias, en la discusión sobre el aborto en Colombia se da por hecho que se trata de una lucha de ellas, que buscan emanciparse, contra ellos, que aún se benefician del patriarcado. No es fácil entender qué es lo que se logra con las puyas gratuitas contra quienes se deberían ganar como aliados. La confusa garrotera viene además adornada con la arandela de que ellas estarían todas, desde siempre, alineadas promoviendo la interrupción voluntaria del embarazo. En las manifestaciones a favor de la legalización del aborto se ha sugerido que la animadversión de los hombres no tiene arreglo. Es algo ineludible, puesto que no quedamos embarazados.



Ante tales desaciertos, puede ser útil recurrir a la información disponible, en este caso al capítulo colombiano de la Encuesta Mundial de Valores, donde, entre muchas otras opiniones, se indaga sobre la posición frente al aborto. Las sorpresas son varias, y casi sobran los comentarios. La primera, bien gruesa, es que el 80% de las mujeres colombianas se declaran anti aborto (AA): no lo justifican nunca. La proporción de hombres AA es levemente inferior, del 74%. Hay más resultados curiosos. Juan Luis Londoño solía decir: "no se complique redactando, deje que casi siempre los datos cantan solos". Va entonces un corto recital, con anotaciones ligeras al margen.







El perfil por edades y por estrato socio económico de los AA no sorprende. Se confirma que en todos los casos, ellas lo son más que ellos. Ni siquiera entre las mujeres jóvenes -menos de treinta años- de estratos altos -cinco y seis- las AA dejan de ser mayoría. Siguen siendo casi dos de cada tres. Sólo entre los hombres de esas características -jóvenes, ricos, estudiados y viajados- se llega al 50% de AA.







La soltería es el territorio menos colonizado por los AA, que aún allí siguen liderando. En el bando femenino, el AA no discrimina por estado civil. Casadas, viudas o separadas muestran una opinión similar, y negativa, frente el aborto. La excepción es la unión libre, que reduce un poco su incidencia. Para los hombres, el estatus de separado es el que más contribuye a restarle participación a los AA. En esta categoría, además, es donde se hace más marcada la diferencia por géneros, 15 puntos.






Como se podía esperar, la posición en contra del aborto tiene mucho que ver con las creencias religiosas. La relación es más clara con la asistencia regular a los oficios que con la importancia que se le asigna a la religión. El grupo de quienes nunca van a una iglesia o templo es uno de los pocos en el que las mujeres son menos anti aborto que los hombres. Aún allí, las AA siguen siendo mayoría.






Las mayores sorpresas, como es usual en Colombia, llegan por el lado de la política. No es mucho lo que se pueda decir salvo que a la lucha por la legalización habría que restarle dramatismo, depurarla de la piedra gratuita contra el género masculino -que no trae ningún dividendo- y ponerle un polo a tierra para diseñar estrategias más eficaces que gritar con desespero.



viernes, 3 de junio de 2011

Feminismo versus flominismo

Quien hable hoy de feminismo en Colombia necesariamente tiene que lidiar con Florence Thomas. En ella se da esa complicada mezcla de periodista de opinión y académica que, hábilmente manejada, la ha llevado a convertirse no sólo en un punto de referencia en cualquier debate sobre género, sino en una verdadera estrella mediática.


En una entrevista reciente, Florence señala que antes de ella eran dos las feministas colombianas: Virginia Gutiérrez y Magdalena León. Después, queda sobre entendido, c’est moi. Con poca modestia y mucho eurocentrismo anota que se requería una francesa para que las mujeres colombianas se hicieran oír. Su acento extranjero era, “lo que me daba ventaja porque las colombianas no podían decir lo que a mí me estaba permitido”.


Desde su llegada a la Universidad Nacional, Florence “inició el activismo desde la academia”, fundando en los años 70 el grupo feminista “Mujer y Sociedad”. Es el sello, o la marca, que utiliza aún en todas sus columnas, tal vez para darles un barniz académico. A pesar de tener unas cuatro décadas, más que casi cualquier think-tank colombiano, no es fácil rastrear la producción intelectual de este grupo, que parece precaria. Nada que ver con el curriculum de sus antecesoras, o la lista de publicaciones de muchas feministas más prudentes.

La diferencia, en estilo y contenido, del feminismo de Florence con el de otras mujeres académicas o políticas que llevan décadas haciendo trabajo serio para llamar la atención sobre la precariedad de la situación de las colombianas, es abismal. Tanto que me atrevo a proponer una distinción entre el feminismo colombiano serio, sereno, sistemático, abierto al diálogo, por un lado, y el neo feminismo de Florence, el flominismo.

Como doctrina, el flominismo es tan difícil de contrastar, tan esquivo a las propuestas más allá de unas cuantas cruzadas, que no valdría la pena molestarse en rebatirlo. Lamentablemente, y tal vez por su misma simpleza, es la visión de los problemas femeninos que más ha ganado terreno y la que, definitivamente, se impuso en los medios de comunicación. Indirectamente, ha logrado sofocar los trabajos y opiniones de las demás feministas colombianas. Para corroborar esta inquietud, comparé el número de veces que, en las últimas dos décadas, aparecen mencionadas en el archivo en línea de El Tiempo las mujeres de una lista personal de feministas que considero han hecho aportes al debate en el país. Para no meterle ruido al ejercicio, dejé por fuera aquellas activas en política, como Cecilia López Montaño o Socorro Ramírez que, por su misma actividad, tienen amplia acogida en los medios. Pido excusas a las feministas que aún no conozco. Espero poder ampliar la lista para actualizar el ejercicio.

Los resultados me parecieron preocupantes. La combativa Florence Thomas aparece mencionada tantas veces (538) como todas las demás feministas juntas (543). Con el agravante de que la ventaja ha venido en aumento. Si en la década de los noventa su presencia en los medios era marginal, en los últimos años Florence casi duplicó las menciones de las demás colegas sumadas. Aún quitando la columna quincenal, sus menciones son similares en número a las del resto de feministas. Estamos bajo un claro régimen del flominismo que, sintiéndose consolidado, está mostrando ser autoritario, caprichoso e intolerante. Dos indicios de poder excesivo, como el de cualquier monopolio, son la carta a Amparo Grisales por atreverse a anunciar un producto de belleza -una preocupación ya cercana al fundamentalismo- y un regaño a Mª Isabel Rueda por no estar de acuerdo con la discriminación positiva en la legislación. 


Esta preeminencia no fue ganada a punta de rigor intelectual o aportes significativos al conocimiento sobre la condición femenina en el país. Si uno le quiere recomendar a un foráneo alguna lectura para hacerse una idea sobre la mujer o la familia en Colombia, casi cualquier trabajo de las feministas jóvenes es más idóneo. Incluso, a pesar de haber sido escritos hace varias décadas, siguen siendo mejor apuesta los de Virginia Gutiérrez o Magdalena León que los más recientes de Florence. Eso había que decirlo.

Es difícil entender por qué logró hacerse tan popular e influyente esta columnista. Se puede sospechar, sin sugerir intencionalidad, que el manejo mediático ha jugado un papel en la consolidación de ese liderazgo. Uno se imagina mal a cualquiera de las feministas serias, empezando por las decanas, saliendo ligeras de ropas en alguna revista, o en El Espacio en los años sesenta. O posando con sus colegas investigadoras para la sección de sociales en las publicaciones elitistas. Florence, por el contrario, no tuvo reparos para salir desnuda sobre un sofá, en el semanario de mayor circulación nacional. Claro que era parte de la lucha, “para romper estereotipos”. Y de paso, recurriendo a las mismas prácticas que critica cuando se usan para vender productos de belleza, ganarse unos seguidores. También debió ser emancipador el propósito de la foto con sus colegas activistas en la sección paparazzi de la revista Jet-Set, en una simpática instantánea que ha debido titularse “Mujer y Alta Sociedad”.


Cada quien se presta para que saquen sus fotos en donde le plazca. Pero produce un poquito de hartera que este tipo de concesiones a los medios le hayan ayudado al flominismo a pasar de la academia, donde nunca ha brillado, a la tribuna pública, donde está logrando mangonear. A las feministas de la vieja guardia también les interesaba la política, ellas no estudiaban y escribían sólo por hobby. Como señala Magdalena León “yo escogí la academia con una visión totalmente política: hago academia para que las cosas cambien. Hago academia porque creo que se necesita un mundo distinto, un mundo mejor”. Las feministas jóvenes, más especializadas y técnicas, también publican para contribuir al buen diseño de la legislación y la política pública. Pero, en ambos casos, han tenido mayor consciencia de los riesgos que implica revolver la reflexión académica con la farándula. Han sido menos manipuladoras, o han dado menos papaya a unos medios sensacionalistas.

Una vertiente lamentable del flominismo es el feminismo tanto combativo y puntilloso como light, que tampoco ha contribuido a subir, ni siquiera a mantener, la calidad del debate sobre la situación de la mujer. La estrategia, poco seria y arriesgada, que se abrió paso parte del supuesto que los problemas de género, aún los más complejos, se pueden despachar con cartas públicas, con opiniones enfáticas, o bien escribiendo un artículo gracioso, adornado con unas fotos de la autora desnuda. Como quien vende pompas de jabón. Eso sí, no se abandona la lucha. Para probar la omnipresencia del machismo, se remata con el comentario estándar que la reacción de los lectores a la columna, de haber sido escrita por un hombre, hubiese sido diferente.

Son estas las razones que hacen sensato establecer una diferenciación entre el feminismo “a la antigua y a la seria” y el flominismo. Con el primero no parece difícil establecer canales de comunicación y de diálogo. Leyendo sus escritos no sólo se aprende sino que se reflexiona sobre problemas concretos. Es factible el debate sobre opciones de política, hay apego a la evidencia, se utilizan con cuidado las cifras, no se centran en lo baladí, y el estilo nunca es pendenciero. Como lector masculino no se reciben vainazos destemplados y gratuitos. Para avanzar en el diagnóstico, se pueden manifestar algunos desacuerdos, que se exponen y argumentan, para dialogar y buscar soluciones sin necesidad de cambiar el mundo. 

Con el flominismo la cuestión es más difícil. Salvo unos pocos caballos de batalla obsesivos, para los cuales la estrategia política deja mucho que desear, el contenido de los escritos es poco sugerente en términos de acciones o programas de reforma. Son ricos en prejuicios doctrinarios y pobres en hipótesis que se puedan contrastar. Hay ocasiones en las que el diagnóstico es tan desconcertante que produce una desazón similar a la de los sermones sobre el pecado original. Una columna escrita a raíz de la iniciativa del partido conservador para echar atrás la sentencia de la Corte Constitucional sobre el aborto, y que supuestamente invita al debate, ilustra este punto. “¿Qué puede saber un hombre de esta historia sellada en nuestra piel, que nos recuerda incesantemente que nuestro cuerpo no es sino un texto dictado por la cultura, una especie de pantalla sobre la cual proyectan desde hace milenios órdenes, deseos, fantasmas masculinos? Hoy, cuando apenas nos estamos recuperando de esta mutilación cultural, tenemos que exigir a los hombres algo de silencio, algo de humildad, algo de reconocimiento de su ignorancia en relación con nuestra historia”. En esta cita también se percibe el deje de autoritarismo mencionado atrás. Para Florence, el debate parece consistir en que los que no piensan como ella se callen. La lógica es la misma del regaño a Mª Isabel Rueda, algo como "si no están de acuerdo conmigo es porque no saben".

Fuera de las invitaciones a callar para no contradecirla, no son escasas las incoherencias entre distintos textos e incluso las contradicciones en una misma columna. Y la falta de rigor con los datos. Por esa vía se colaron dogmas y prejuicios que, con una caja de resonancia mediática poco crítica, contaminan el debate. La doctrina no es obra intelectual de Florence, que ha actuado básicamente como importadora de ideas foráneas, sin la adecuada adaptación a las condiciones locales. Como vocera del feminismo europeo de hace unas décadas, cuyas fisuras empiezan a ser las grietas por las que se colaron machistas duros, Florence es un excelente comodín, o chivo expiatorio, para la crítica, porque concentra en sus escritos buena parte de los desaciertos de varias corrientes feministas.

El llamado al silencio por parte de Florence es la principal motivación para hacer exactamente lo contrario. Lo que le han faltado en los últimos años son contradictores. La opción recomendable para revivir el debate, y hacerlo pertinente para Colombia, es precisamente la crítica paciente y sistemática de todas sus imprecisiones. Para recuperar espacios y, como pregona ella misma, para romper silencios, para "desmontar mitos y estereotipos", es necesario revisar en detalle todo lo que dice. Por eso, y apartándome de la amable recomendación de algunas amigas feministas tan pilas como discretas, el flominismo jugará un papel protagónico en este blog. Debo reconocer que como vocera "típica representativa" de los desaciertos de un feminismo poco pragmático y démodé, Florence Thomas nos facilita la tarea crítica a quienes no somos expertos en doctrinas feministas.

No es difícil encontrar argumentos y evidencia en contra de los planteamientos floministas en los trabajos de las feministas más rigurosas, pero menos envueltas en la farándula, menos visibles en los medios y por lo tanto menos influyentes. Cuando no exista este apoyo, siempre habrá algunos datos disponibles.

Con respecto al estilo, no vale la pena reproducir aquí todos los recortes que tengo de sus artículos que, sinceramente, me recuerdan las invitaciones a pelear de los matones del colegio. Es ilustrativo de todas maneras transcribir una cita breve, del mismo artículo en donde Florence invita a reabrir el debate sobre el aborto. "Porque desde hace ya casi un siglo les hemos administrado duros golpes ... Nada, entonces, nos hará retroceder".




Para destacar lo improcedente que, a estas alturas, resulta ese estilo basta recurrir a Florence Montreynaud, una feminista también francesa. "Una precisión sobre el término combate. Esas son palabras que se empleaban en otra época, porque las feministas, en su mayoría, venían de la extrema izquierda. Por lo tanto, empleaban el vocabulario clásico de la izquierda: combate, vanguardia, conquista, victoria ... Entre más tiempo pasa, más se hacen evidentes las limitaciones de este vocabulario. Es un corpus lingüístico que conduce a ideas que no sirven para los cambios que hay que hacer ahora".

Contra el estilo pendenciero y regañón, 68ero, tal vez la mejor respuesta es la irreverencia, y una pizca de humor. Nunca había lamentado tanto no ser caricaturista como escribiendo este blog. Por fortuna Francia no es sólo el país de Simone de Beauvoir sino el paraíso de la BD, la "bande dessinée". Allí no sólo se encuentran relatos de machos, como Lucky Luke o Astérix, o de periodistas aventureros que no salen del closet, como Tintín, sino una verdadera avalancha de historias urbanas y relatos de pareja. Hay incluso BDs de feministas que se burlan de sí mismas, entre las cuales se destacan un par de tratados sobre el sexo fuerte -que está en peligro y resiste- de una caricaturista, Pauline Perrolet, cuyo blog es realmente refrescante. 


Esta versión no dramática ni trascendental del debate sobre género, es uno de esos secretos franceses que Florence se ha cuidado de traer al país. Lánguidamente, en materia de caricaturas, ha optado por la voz masculina del flominismo. He adoptado esas BDs, algunas de las cuales son tan pertinentes para mis argumentos que simplemente las traduzco, para meterle al debate un poquito de mamadera de gallo. Es la mejor vía para no ceder al llamado a la confrontación, ineludible y milenaria, del flominismo contra los hombres. Se trata también de un mecanismo útil para no hacerle el juego a la dramatización y al victimismo, dos de las herramientas retóricas preferidas por este enfoque tan peculiar como improcedente para abordar los asuntos de género.

miércoles, 1 de junio de 2011

La Veterana

Por Alvaro Sierra


Como la sociología parece incapaz de encontrar explicación para que una niña casi bien, de colegios de monjas, familia armoniosa y librepensadora y tío antiguo representante a la Cámara, se haya vuelto prostituta, la responsabilidad de este tránsito de la decencia al oficio de mayor demanda en el mundo parece recaer en un interminable viaje en bus entre Cali y un pueblo del Magdalena al comienzo de los años 70. Su papá, de genio variable y educación impartida por un tío de sotana, era jefe de mecánicos de una empresa de renombre que lo enviaba en comisión por Colombia, y se había llevado a su mamá, caleña, lectora y anormalmente liberal para sus tiempos, a un parto inesperado en la Calle Larga de Cartagena, del cual resultó un par de sietemesinos, ella, y un hermanito que murió a las 32 horas. A los nueve meses, sana y regordeta, estaba en la ciudad de su papá, donde la bautizaron y estudió hasta los ocho años con monjas franciscanas.

Como la sociología parece incapaz de encontrar explicación para que una niña casi bien, de colegios de monjas, familia armoniosa y librepensadora y tío antiguo representante a la Cámara, se haya vuelto prostituta, la responsabilidad de este tránsito de la decencia al oficio de mayor demanda en el mundo parece recaer en un interminable viaje en bus entre Cali y un pueblo del Magdalena al comienzo de los años 70.

Su papá, de genio variable y educación impartida por un tío de sotana, era jefe de mecánicos de una empresa de renombre que lo enviaba en comisión por Colombia, y se había llevado a su mamá, caleña, lectora y anormalmente liberal para sus tiempos, a un parto inesperado en la Calle Larga de Cartagena, del cual resultó un par de sietemesinos, ella, y un hermanito que murió a las 32 horas. A los nueve meses, sana y regordeta, estaba en la ciudad de su papá, donde la bautizaron y estudió hasta los ocho años con monjas franciscanas.

Antes de cumplir los dieciseis, se graduó de bachillerato en Cali, en otro colegio de monjas, y terminó un curso de comercio por las tardes. Casi enseguida, entregó su virginidad a un señor de cincuenta y ocho, que a los cuatro años de casados resultó bígamo. Se separó de él con un hijo y el matrimonio en proceso de anulación, habiendo seguido, entre tanto, cursos de sicología y torno mecánico. Su ex-marido la visitaba y le pegaba de vez en cuando.

En bus al oficio.

"El once de enero de 1972" -ese día no se le olvida- sin cumplir veintiún años, decidió saltar del barco de esa separación tormentosa y arrancó para el pueblo del Magdalena donde una hermana trabajaba en la curia. El largo viaje en bus desde Cali no habría tenido nada especial. Pero en Medellín se subió Amparo.

Amparo era bonita, joven y puta curtida. Ambas fumaban, estaban solas y tuvieron casi veinticuatro horas para conversar. La charla debe haber sido tan fructífera, la predisposición o el espíritu de aventura de nuestra protagonista tan obvios que, cuando bajaron en su destino, la una hacia el burdel y la otra adonde su hermana, la decisión estaba tomada.

A su hermana la notificó que había decidido irse de puta y la hizo jurar silencio con su mamá, con quien había dejado en Cali a su hijo, y una hora después estaba sentada, con Amparo y una cerveza, ante Mercedes y Carmen, dueñas de un "caserón grande, con pista de baile, un patio con mesas y las piezas". Comida y dormida eran gratuitas. "Había que hacer consumir licor a los clientes y llevarlos al cuarto. Cobrábamos 3 mil por el rato y 500 por la pieza. Si se quedaban toda la noche eran 5 mil más mil de la pieza. Y si el hombre quería sacarlo a uno del negocio tenía que pagar 5 mil de multa".

"El primer día fue lo duro. Después no", se acuerda, 29 años después. Ni el alcalde ni el juez, que fueron los únicos esa noche, se acostaron con ella, que se les echó a llorar.

El segundo día se volvió, de verdad, lo que sería toda su vida. "Me hice al alcalde, al juez, dos médicos, un comerciante y dos cultivadores". Y se ganó una pequeña fortuna. Nunca hizo la cuenta de los hombres que tuvo en esos nueve meses en el pueblo ni en los treinta años siguientes. Amparo le enseñó a cuidarse y examinarlos. Y en unas semanas aprendió a lidiar hasta al más caprichoso o al más bebido.

Historia con anomalías.

Su mamá se enteró y cayó enferma. Tuvieron en Cali una larga y vana polémica. De vuelta, el pueblo la aburría y, para colmo, el hijo del registrador -éste último era su cliente- se enamoró de ella. Se fue a Sincelejo, y los siguientes dos años, desde Barranquilla hasta Manaure, hizo a la vez de Eréndira y su abuela, explotando su novedad por cada pueblo de la Costa.

En Sincelejo un cliente intentó hacerle "conejo"; en Riohacha conquistó un matón "que ponía la bolsa de coca, el whisky y el revólver en la mesa y ordenaba cerrar el negocio"; en Santa Marta la mafia quemó a su compañera Licinia. En Cartagena un travesti le enseñó en quince días a coscorrones, acompañándola con cada cliente, la ciencia antiga y meticulosa del cunnilingus. En Barranquilla, un usuario agradecido le organizó el contacto para irse a Los Arrecifes, un negocio de San Andrés.

Desde aquí, su historia incurre en anomalías que evaden el curso de degradación progresiva propio de la profesión elegida. Se casó, el año viejo de 1978, con un contador cartagenero que le puso como único reparo que nunca se amaneciera en el negocio y murió nueve años después en sus brazos, de una crisis cardíaca, dejándola con un apartamento y un local comercial que sirvieron al hijo que tenía en Cali para irse a estudiar medicina a Alemania cuando su mamá, casi simultáneamente, murió.

En once años en San Andrés hizo cuatro estadías en la "Zona" de Panamá, donde se hacía, compitiendo con otras tres mil mujeres, "entre 70 y 90 dólares diarios"; pasó un mes y medio en un hotel de mala muerte en Nueva York ayudando a pincharse a gringos malolientes e impotentes y otro tanto en Miami. "Sólo dejaba de trabajar para cuidar a mi marido cuando se ponía mal del corazón", me dijo, confesando que fue el único hombre que quiso en su vida.

Muerto éste, pasó cinco meses felices en Curacao, que es donde más le ha gustado ejercer, e hizo, en jornadas de 15 horas sin días libres, con qué comprar una casa en Cali donde se pasó a vivir su hermana. Una tarde de 1987 llegó con 720 dólares, un televisor que le regaló un gringo agradecido y la declaración de que se había ganado todo eso dándolo, que causaron un revuelo notable pero sin consecuencias legales entre la policía del aeropuerto de Bogotá. Se fue directo al centro y, aunque ha cambiado de residencias de medio pelo con los años, allí sigue, vieja, gorda y pobre, en un oficio que, a diferencia de otros tiempos, ahora le da escasamente para arrastrar la existencia.

Oficio sutil.


Se volvió a casar con un hombre que padecía problemas mentales y tuvo otro hijo que va a cumplir diez años y vive con su madrina, a la cual ella trata de pasarle por lo menos ochenta mil pesos por semana. Se separó. Por seis meses, en 1994, sin dejar el oficio, tascó el freno de la servidumbre doméstica. "Quería comprobar si la plata bien habida rendía como la que me ganaba", me dijo, pero lavar ropa y cortinas, asear una casa entera, hacer almuerzo y comida y aguantarse a los patrones y sus hijos por 6 mil pesos diarios, fueron suficiente argumento.

Ha trabajado en el Norte con travestis por 30 mil pesos la noche, en el 7 de Agosto, la calle 24 y la avenida 19 con Caracas, en Patio Bonito, Venecia y al frente de un matadero en la ruta a Bosa, y ahora se para todos los días sin falta, de siete a siete, en una calle truculenta del barrio San Bernardo, al lado del Cartucho, donde cobra 10 mil por el rato (puede rebajar hasta 6 mil) y paga 2 mil por la pieza. La pieza ha subido; el rato vale menos de lo que cobraba en sus primeras semanas hace 29 años.

Por sus brazos ha pasado una sociedad pacata y moralista que execra su oficio pero lo nutre de hombres temerosos de pedir a sus esposas cosas que con ella son un simple regateo. (Su tío representante a la Cámara le daba, soborno al silencio, 30 mil pesos cada vez que lo encontraba con su "amiguita" en una residencia de la calle 24).

A diario ve padres que traen hijos menores para iniciarlos, infantes travestis, viejos que buscan niñitas, madres que por 5 mil pesos dejan meter el dedo a sus chiquitas. A nada de eso le jala. "Entre nosotros hay un Cristo de por medio", le dijo a un cura que se lo pidió hace años en Valledupar.

Otra cara de la moneda en este país de machistas, los hombres son para ella mercancía a la que basta una mirada para conocerle el alma. La mayoría de sus clientes padece la soledad, las manías, la impotencia, la falta de dinero Hace con ellos de sicóloga, los oye, los consuela, los atiende. Tiene un soldadito que le pide casarse, un camionero que la frecuenta hace cinco años, un adicto que la contrata el día entero para que traiga bazuco del Cartucho, arme el porro y le dé de comer. Recibe regalos el día de la madre o el de amor y amistad.

Sus arrugas, su figura no son problema. "Uno es como un aliciente, un bálsamo; las jóvenes no". Su experiencia, su trato es lo que buscan los clientes. Cobra menos y hace más que las jóvenes. Eso sí, el negocio está malo. La policía poco molesta, pero entre cuatro y seis días del mes se pasan en blanco, y muchas jornadas son de dos o tres clientes, apenas para los 15 mil pesos de la pieza y la comida.

Nunca abandonó el oficio. "Por no sentir el rigor del patrón, que es una cosa muy horrible: usted se mata, hace su trabajo a conciencia y llega otro menos preparado y, sin siquiera leerlo, le dice: eso no me sirve". Está cansada y quiere retirarse. El hijo de Alemania debe venir este año y montarle un negocio. Entretanto, ejerce: "yo hago mi trabajo con responsabilidad, con cariño, brindando amor", fue lo último que me dijo. Aunque no hay datos precisos, y no todas exhiben tal dedicación, se calcula que en el centro de Bogotá hay entre 20 y 30 mil mujeres dedicadas a éste, el oficio más viejo y más duro del mundo.