domingo, 19 de agosto de 2012

Wendy, Valérie y todas las demás

Publicado en El Malpensante, Nº 131, Junio de 2012


A finales de 2000, Wendy, una adolescente hondureña, fue violada en grupo por pandilleros de la Mara Salvatrucha. Tras el ritual conocido como “el trencito”, los mareros decidieron hacer negocio y corrieron la voz de que cobraban cincuenta lempiras a quien quisiera tener relaciones con la muchacha.
El pasado diciembre la policía detuvo en Málaga a una rumana que había firmado un contrato para vender sus dos hijas a unos proxenetas. Por 5.000 euros aceptó que fueran llevadas a España a prostituirse.

La Veterana se graduó en un colegio de monjas. Joven y virgen, se casó con un señor bastante mayor que resultó bígamo, le dejó un hijo y, ya separados, la seguía golpeando. Cansada de tanto maltrato, decidió dejar Cali por el pueblo donde su hermana trabajaba con el cura. Al llegar a Medellín, una puta bonita y curtida se le sentó al lado. Tras veintitantas horas de charla, la Veterana tomó una decisión. “El primer día fue lo duro. Después no”. Al pasarse por la raya del calzón al alcalde, al juez, a dos médicos, a un comerciante y a unos cultivadores, supo que estaría en esas por el resto de su vida.

Universitaria bogotana, Luisa empezó en un videochat. Le pagaban por desnudarse ante la cámara. De allí pasó a concertar citas vía celular y ya con clientes se enroló en un lujoso burdel. “Si estoy con un man que me gusta porque sí, ¿por qué no voy a estar con otro por plata?”.

Paula trabajó un tiempo como mula. Novia de un traqueto, le perdió el susto a todo, se metió en “la cultura de ganarse la plata fácil” y comenzó a “tomarle gusto a los juegos de sexo”. Una compañera le presentó unos tipos chéveres, de esos manes acostumbrados a repartir billete entre las amigas. Para uno de ellos, congresista, trabajó como asistente. “Me come, pero porque yo quiero que me coma. Porque no me choca. Porque es inteligente y tiene poder, y porque es mi amigo. Pero no es que hagamos el amor e inmediatamente me pague”.

A los travestis de élite los llaman “las europeas”. Viajan por el mundo y cada cierto tiempo regresan a Medellín a darles vuelta a sus familias y “a amarse con sus maridos”. La Cris, aunque ya no hace parte de las profesionales ni va a Europa, no deja de tener relaciones furtivas con hombres que le gustan y pagan bien, pese a que se siente a gusto con su esposo. “Es que el amor va por un lado y el dinero por otro”. La Valeska sí vive en función de la plata. Ejerce la prostitución desde los 17 años, cuando aburrido del maltrato de su padre dejó la comodidad del barrio Laureles para ofrecerse en Bogotá.

Decepcionada “por la falta de recursos y cariño” en gente como el papá de su hija, María debutó en el Copacabana. Una mujer muy hermosa se le acercó en un parque: “¿Quiere trabajar en un casino?”. Al llegar, se dio cuenta de que era un club nocturno. Pero “me senté en la barra a pensar, a mirar a todas las niñas… No era tan depravado como lo vi en el primer momento. No me pareció cosa del otro mundo”.

Michelle, una rent girl de Boston, sufría abusos del padrastro. Se fue a vivir con su novia Steph, a quien había conocido en una contraprotesta ante una clínica de abortos. La cautivó la manera como insultaba a los católicos. “No pasó mucho tiempo desde que Steph me contara que era prostituta y yo la siguiera. Quería probar cosas, especialmente cosas ilegales con un tinte de glamour”. Pudo dejar sus dos trabajos. “Tenía tanto dinero y odiaba tanto a los hombres... Solo podía ser de esa manera; tenerles compasión me hubiera matado”.

En su Diario de una ninfómana, la ejecutiva francesa Valérie Tasso cuenta que luego de perder la virginidad a los quince años empezó a experimentar con toda clase de hombres, “no porque tuviera muchos deseos prematuros” sino por pura curiosidad y porque necesitaba mitigar su culpa. Al final de la universidad, sabía que tenía algo especial con el sexo masculino. “Yo era una hechicera y me puse a buscar Merlines encantadores en todos los rincones de la ciudad”. Entró a un burdel a los treinta años, a raíz de una ruptura con su pareja. No le perdonaba haberla dejado llena de deudas y “con una tripita que nunca llegó a crecer”. Quiso descubrir ese mundo que había imaginado tantas veces. “Todavía no sé muy bien si he venido por venganza, por asco hacia los hombres o más bien por falta de cariño y autoestima y mis problemones económicos. Es una mezcla de todas esas razones”.

Poca gente pasa el umbral, pero son varias las vías para llegar al sexo pago. A pesar de esta verdad de a puño, muchos se resisten a la evidencia disponible y enfatizan una doctrina cada vez más terca e improcedente para la prevención: la prostitución siempre es forzada. Sin embargo, ¿cuántas personas venden su cuerpo empujadas por la miseria, cuántas obligadas por proxenetas, cuántas seducidas y abandonadas, cuántas huyendo del abuso, cuántas por morbo o curiosidad, cuántas por arribistas, cuántas por la adrenalina, cuántas por hipersexuales? ¿Cuántas Wendys por cada Valeska o cada Valérie? Nadie sabe, las respuestas no son obvias e incluso la disponibilidad de testimonios puede estar sesgada. Además de los antecedentes familiares o las experiencias individuales, el entorno y la época influyen. No es lo mismo la frontera de colonización o la cercanía a una base militar que una región azotada por el conflicto o un centro fabril al que solo migran mujeres.

En Colombia, aunque tenemos indicios de que el negocio de las prepagos está en franca expansión, no conocemos el tamaño de la actividad ni su composición. Nadie comprende bien por qué se inician, por qué se mantienen o por qué dejan la actividad, y cada vez es mayor la influencia de quienes no están interesados en que se sepa. La industria del rescate es ya una poderosa alianza multinacional de burócratas, periodistas y oenegés que logró simplificar hasta el absurdo el diagnóstico, demostrando de paso que no solo tiene más prejuicios que la Iglesia, los viejos criminólogos o los médicos higienistas sino que carece de cualquier vocación para entender lo que ocurre, lo que piensan o lo que quieren las víctimas. Esa alianza pretende intervenir un mercado sobre el que se sabe no solo poco, sino cada vez menos.

La prostitución masculina, por contraste, no dispara las alarmas de auxilio. Hay quienes defienden el derecho de un travesti a ejercer libremente su sexualidad, incluso cobrando, y declaran imposible que una mujer haga lo mismo sin atentar contra su dignidad y la de sus congéneres. Como si fueran patriarcas victorianos, consideran que las prostitutas necesitan a alguien –chulo perverso o redentor ilustrado– que piense y decida por ellas; que les indique cómo es que deben abordar esa delicada y trascendental cuestión de con quién, con qué frecuencia y bajo qué condiciones pueden tener relaciones sexuales.

“No me arrepiento absolutamente de nada”, dice Valérie Tasso. Los momentos en el burdel “fueron unos de los mejores de mi vida, por el simple hecho de haber conocido a Giovanni y haber encontrado esa mujer nueva que soy ahora… Utilizar el sexo como medio para encontrar lo que todo el mundo busca: reconocimiento, placer, autoestima y, en definitiva, amor y cariño... ¿Qué hay de patológico en eso?”.

Wendy –¿quién podría dudarlo?– no ha tenido ni el ánimo ni la disposición retórica para escribir sus memorias sexuales.