jueves, 1 de julio de 2010

Prostitución por exceso de mujeres

El segundo gran escenario que ha resultado favorable a la prostitución se caracteriza, paradójicamente, por la situación demográfica inversa: un exceso de mujeres solteras que fluyen hacia los centros urbanos bien sea atraídas por elementos tan variados como la acelerada urbanización, el desarrollo de algún sector económico clave o la mejora en los medios de transporte, o bien huyendo de situaciones adversas –hambrunas, guerras- en sus regiones de origen. Este escenario, que se podría denominar de prostitución por inmigración femenina a la metrópoli, sería el que caracteriza las primeras etapas de industrialización en varias capitales europeas a mediados del siglo XIX o, unas décadas más tarde, en algunos centros urbanos de Latinoamérica. Sería también, en esencia, la situación actual en Europa. Aunque predomina la cuestión del abuso sexual por parte de patronos y empleadores, la dinámica de la prostitución en estos casos es muy variada.

Una situación similar de exceso de mujeres de muy bajos recursos se puede presentar después de una guerra. A principios del siglo XX en Bogotá, por ejemplo, sólo 3 de cada 10 habitantes había nacido en la ciudad. En un alto porcentaje, las mujeres no eran oriundas de la ciudad sino de las provincias circundantes. Así, en algunos barrios, se contabilizaban el doble de mujeres que de hombres. Urrego (2002) p. 199. Por la misma época en Medellín el 73% de la fuerza de trabajo fabril estaba compuesta por mujeres, en buena parte inmigrantes de los pueblos cercanos, 82% de las cuales eran jóvenes y solteras y tenían entre 15 y 24 años”. (Reyes 2002 p. 221)

El déficit masculino también se presenta en los lugares de origen de la emigración de hombres, tales como Galicia. (En el siglo XVIII) “a Castilla se sabía que bajaban mujeres gallegas y asturianas, disfrazadas de hombres. Mezcladas con las cuadrillas de segadores, hacían negocio por el camino, durante las faenas agrícolas y a la vuelta, a modo de acompañantes y entretenedoras de los grupos”. (García 2002 p. 12).

En el escenario opuesto, la inmigración de mujeres a la metrópoli, se observa por lo general una mayor clandestinidad del comercio sexual. La prostitución se confunde, en un esquema típicamente patriarcal, con los oficios femeninos más precarios, como el servicio doméstico, o el de camarera. Al no darse ya una competencia entre hombres por mujeres escasas, sino probablemente lo contrario, se observa menos violencia, y por lo tanto una menor necesidad de protección. Por el contrario, es dónde cabe esperar un mayor rechazo social y moral a la prostitución, con un claro sesgo de género: son las mujeres las que lideran las cruzadas contra el oficio, rara vez secundadas por quienes se benefician del excedente femenino. Puesto que se trata de un escenario bajo el cual muchas mujeres, no sólo las prostitutas, están migrando, de manera voluntaria, es claro que la función del traficante resulta redundante. En lugar de mafias es más pertinente hablar de intermediarios, o redes de soporte, que se confunden con los que, legalmente, sirven de apoyo a la inmigración global. Tal vez sea esta la razón por la cual las supuestas mafias de traficantes de mujeres de Latinoamérica hacia Europa sean tan esquivas a la evidencia.