viernes, 3 de junio de 2011

Feminismo versus flominismo

Quien hable hoy de feminismo en Colombia necesariamente tiene que lidiar con Florence Thomas. En ella se da esa complicada mezcla de periodista de opinión y académica que, hábilmente manejada, la ha llevado a convertirse no sólo en un punto de referencia en cualquier debate sobre género, sino en una verdadera estrella mediática.


En una entrevista reciente, Florence señala que antes de ella eran dos las feministas colombianas: Virginia Gutiérrez y Magdalena León. Después, queda sobre entendido, c’est moi. Con poca modestia y mucho eurocentrismo anota que se requería una francesa para que las mujeres colombianas se hicieran oír. Su acento extranjero era, “lo que me daba ventaja porque las colombianas no podían decir lo que a mí me estaba permitido”.


Desde su llegada a la Universidad Nacional, Florence “inició el activismo desde la academia”, fundando en los años 70 el grupo feminista “Mujer y Sociedad”. Es el sello, o la marca, que utiliza aún en todas sus columnas, tal vez para darles un barniz académico. A pesar de tener unas cuatro décadas, más que casi cualquier think-tank colombiano, no es fácil rastrear la producción intelectual de este grupo, que parece precaria. Nada que ver con el curriculum de sus antecesoras, o la lista de publicaciones de muchas feministas más prudentes.

La diferencia, en estilo y contenido, del feminismo de Florence con el de otras mujeres académicas o políticas que llevan décadas haciendo trabajo serio para llamar la atención sobre la precariedad de la situación de las colombianas, es abismal. Tanto que me atrevo a proponer una distinción entre el feminismo colombiano serio, sereno, sistemático, abierto al diálogo, por un lado, y el neo feminismo de Florence, el flominismo.

Como doctrina, el flominismo es tan difícil de contrastar, tan esquivo a las propuestas más allá de unas cuantas cruzadas, que no valdría la pena molestarse en rebatirlo. Lamentablemente, y tal vez por su misma simpleza, es la visión de los problemas femeninos que más ha ganado terreno y la que, definitivamente, se impuso en los medios de comunicación. Indirectamente, ha logrado sofocar los trabajos y opiniones de las demás feministas colombianas. Para corroborar esta inquietud, comparé el número de veces que, en las últimas dos décadas, aparecen mencionadas en el archivo en línea de El Tiempo las mujeres de una lista personal de feministas que considero han hecho aportes al debate en el país. Para no meterle ruido al ejercicio, dejé por fuera aquellas activas en política, como Cecilia López Montaño o Socorro Ramírez que, por su misma actividad, tienen amplia acogida en los medios. Pido excusas a las feministas que aún no conozco. Espero poder ampliar la lista para actualizar el ejercicio.

Los resultados me parecieron preocupantes. La combativa Florence Thomas aparece mencionada tantas veces (538) como todas las demás feministas juntas (543). Con el agravante de que la ventaja ha venido en aumento. Si en la década de los noventa su presencia en los medios era marginal, en los últimos años Florence casi duplicó las menciones de las demás colegas sumadas. Aún quitando la columna quincenal, sus menciones son similares en número a las del resto de feministas. Estamos bajo un claro régimen del flominismo que, sintiéndose consolidado, está mostrando ser autoritario, caprichoso e intolerante. Dos indicios de poder excesivo, como el de cualquier monopolio, son la carta a Amparo Grisales por atreverse a anunciar un producto de belleza -una preocupación ya cercana al fundamentalismo- y un regaño a Mª Isabel Rueda por no estar de acuerdo con la discriminación positiva en la legislación. 


Esta preeminencia no fue ganada a punta de rigor intelectual o aportes significativos al conocimiento sobre la condición femenina en el país. Si uno le quiere recomendar a un foráneo alguna lectura para hacerse una idea sobre la mujer o la familia en Colombia, casi cualquier trabajo de las feministas jóvenes es más idóneo. Incluso, a pesar de haber sido escritos hace varias décadas, siguen siendo mejor apuesta los de Virginia Gutiérrez o Magdalena León que los más recientes de Florence. Eso había que decirlo.

Es difícil entender por qué logró hacerse tan popular e influyente esta columnista. Se puede sospechar, sin sugerir intencionalidad, que el manejo mediático ha jugado un papel en la consolidación de ese liderazgo. Uno se imagina mal a cualquiera de las feministas serias, empezando por las decanas, saliendo ligeras de ropas en alguna revista, o en El Espacio en los años sesenta. O posando con sus colegas investigadoras para la sección de sociales en las publicaciones elitistas. Florence, por el contrario, no tuvo reparos para salir desnuda sobre un sofá, en el semanario de mayor circulación nacional. Claro que era parte de la lucha, “para romper estereotipos”. Y de paso, recurriendo a las mismas prácticas que critica cuando se usan para vender productos de belleza, ganarse unos seguidores. También debió ser emancipador el propósito de la foto con sus colegas activistas en la sección paparazzi de la revista Jet-Set, en una simpática instantánea que ha debido titularse “Mujer y Alta Sociedad”.


Cada quien se presta para que saquen sus fotos en donde le plazca. Pero produce un poquito de hartera que este tipo de concesiones a los medios le hayan ayudado al flominismo a pasar de la academia, donde nunca ha brillado, a la tribuna pública, donde está logrando mangonear. A las feministas de la vieja guardia también les interesaba la política, ellas no estudiaban y escribían sólo por hobby. Como señala Magdalena León “yo escogí la academia con una visión totalmente política: hago academia para que las cosas cambien. Hago academia porque creo que se necesita un mundo distinto, un mundo mejor”. Las feministas jóvenes, más especializadas y técnicas, también publican para contribuir al buen diseño de la legislación y la política pública. Pero, en ambos casos, han tenido mayor consciencia de los riesgos que implica revolver la reflexión académica con la farándula. Han sido menos manipuladoras, o han dado menos papaya a unos medios sensacionalistas.

Una vertiente lamentable del flominismo es el feminismo tanto combativo y puntilloso como light, que tampoco ha contribuido a subir, ni siquiera a mantener, la calidad del debate sobre la situación de la mujer. La estrategia, poco seria y arriesgada, que se abrió paso parte del supuesto que los problemas de género, aún los más complejos, se pueden despachar con cartas públicas, con opiniones enfáticas, o bien escribiendo un artículo gracioso, adornado con unas fotos de la autora desnuda. Como quien vende pompas de jabón. Eso sí, no se abandona la lucha. Para probar la omnipresencia del machismo, se remata con el comentario estándar que la reacción de los lectores a la columna, de haber sido escrita por un hombre, hubiese sido diferente.

Son estas las razones que hacen sensato establecer una diferenciación entre el feminismo “a la antigua y a la seria” y el flominismo. Con el primero no parece difícil establecer canales de comunicación y de diálogo. Leyendo sus escritos no sólo se aprende sino que se reflexiona sobre problemas concretos. Es factible el debate sobre opciones de política, hay apego a la evidencia, se utilizan con cuidado las cifras, no se centran en lo baladí, y el estilo nunca es pendenciero. Como lector masculino no se reciben vainazos destemplados y gratuitos. Para avanzar en el diagnóstico, se pueden manifestar algunos desacuerdos, que se exponen y argumentan, para dialogar y buscar soluciones sin necesidad de cambiar el mundo. 

Con el flominismo la cuestión es más difícil. Salvo unos pocos caballos de batalla obsesivos, para los cuales la estrategia política deja mucho que desear, el contenido de los escritos es poco sugerente en términos de acciones o programas de reforma. Son ricos en prejuicios doctrinarios y pobres en hipótesis que se puedan contrastar. Hay ocasiones en las que el diagnóstico es tan desconcertante que produce una desazón similar a la de los sermones sobre el pecado original. Una columna escrita a raíz de la iniciativa del partido conservador para echar atrás la sentencia de la Corte Constitucional sobre el aborto, y que supuestamente invita al debate, ilustra este punto. “¿Qué puede saber un hombre de esta historia sellada en nuestra piel, que nos recuerda incesantemente que nuestro cuerpo no es sino un texto dictado por la cultura, una especie de pantalla sobre la cual proyectan desde hace milenios órdenes, deseos, fantasmas masculinos? Hoy, cuando apenas nos estamos recuperando de esta mutilación cultural, tenemos que exigir a los hombres algo de silencio, algo de humildad, algo de reconocimiento de su ignorancia en relación con nuestra historia”. En esta cita también se percibe el deje de autoritarismo mencionado atrás. Para Florence, el debate parece consistir en que los que no piensan como ella se callen. La lógica es la misma del regaño a Mª Isabel Rueda, algo como "si no están de acuerdo conmigo es porque no saben".

Fuera de las invitaciones a callar para no contradecirla, no son escasas las incoherencias entre distintos textos e incluso las contradicciones en una misma columna. Y la falta de rigor con los datos. Por esa vía se colaron dogmas y prejuicios que, con una caja de resonancia mediática poco crítica, contaminan el debate. La doctrina no es obra intelectual de Florence, que ha actuado básicamente como importadora de ideas foráneas, sin la adecuada adaptación a las condiciones locales. Como vocera del feminismo europeo de hace unas décadas, cuyas fisuras empiezan a ser las grietas por las que se colaron machistas duros, Florence es un excelente comodín, o chivo expiatorio, para la crítica, porque concentra en sus escritos buena parte de los desaciertos de varias corrientes feministas.

El llamado al silencio por parte de Florence es la principal motivación para hacer exactamente lo contrario. Lo que le han faltado en los últimos años son contradictores. La opción recomendable para revivir el debate, y hacerlo pertinente para Colombia, es precisamente la crítica paciente y sistemática de todas sus imprecisiones. Para recuperar espacios y, como pregona ella misma, para romper silencios, para "desmontar mitos y estereotipos", es necesario revisar en detalle todo lo que dice. Por eso, y apartándome de la amable recomendación de algunas amigas feministas tan pilas como discretas, el flominismo jugará un papel protagónico en este blog. Debo reconocer que como vocera "típica representativa" de los desaciertos de un feminismo poco pragmático y démodé, Florence Thomas nos facilita la tarea crítica a quienes no somos expertos en doctrinas feministas.

No es difícil encontrar argumentos y evidencia en contra de los planteamientos floministas en los trabajos de las feministas más rigurosas, pero menos envueltas en la farándula, menos visibles en los medios y por lo tanto menos influyentes. Cuando no exista este apoyo, siempre habrá algunos datos disponibles.

Con respecto al estilo, no vale la pena reproducir aquí todos los recortes que tengo de sus artículos que, sinceramente, me recuerdan las invitaciones a pelear de los matones del colegio. Es ilustrativo de todas maneras transcribir una cita breve, del mismo artículo en donde Florence invita a reabrir el debate sobre el aborto. "Porque desde hace ya casi un siglo les hemos administrado duros golpes ... Nada, entonces, nos hará retroceder".




Para destacar lo improcedente que, a estas alturas, resulta ese estilo basta recurrir a Florence Montreynaud, una feminista también francesa. "Una precisión sobre el término combate. Esas son palabras que se empleaban en otra época, porque las feministas, en su mayoría, venían de la extrema izquierda. Por lo tanto, empleaban el vocabulario clásico de la izquierda: combate, vanguardia, conquista, victoria ... Entre más tiempo pasa, más se hacen evidentes las limitaciones de este vocabulario. Es un corpus lingüístico que conduce a ideas que no sirven para los cambios que hay que hacer ahora".

Contra el estilo pendenciero y regañón, 68ero, tal vez la mejor respuesta es la irreverencia, y una pizca de humor. Nunca había lamentado tanto no ser caricaturista como escribiendo este blog. Por fortuna Francia no es sólo el país de Simone de Beauvoir sino el paraíso de la BD, la "bande dessinée". Allí no sólo se encuentran relatos de machos, como Lucky Luke o Astérix, o de periodistas aventureros que no salen del closet, como Tintín, sino una verdadera avalancha de historias urbanas y relatos de pareja. Hay incluso BDs de feministas que se burlan de sí mismas, entre las cuales se destacan un par de tratados sobre el sexo fuerte -que está en peligro y resiste- de una caricaturista, Pauline Perrolet, cuyo blog es realmente refrescante. 


Esta versión no dramática ni trascendental del debate sobre género, es uno de esos secretos franceses que Florence se ha cuidado de traer al país. Lánguidamente, en materia de caricaturas, ha optado por la voz masculina del flominismo. He adoptado esas BDs, algunas de las cuales son tan pertinentes para mis argumentos que simplemente las traduzco, para meterle al debate un poquito de mamadera de gallo. Es la mejor vía para no ceder al llamado a la confrontación, ineludible y milenaria, del flominismo contra los hombres. Se trata también de un mecanismo útil para no hacerle el juego a la dramatización y al victimismo, dos de las herramientas retóricas preferidas por este enfoque tan peculiar como improcedente para abordar los asuntos de género.